Solo querría decir una palabra. Escribir algo muy conciso pero que, a veces, con la actividad del día a día y la sensación de que queda tanto por hacer y en lo que implicarse, quizás no puedo pronunciar todo lo suficiente: gracias.

Como miembro de un proyecto de banca ética que no deja de progresar, en las últimas semanas he tenido el honor de recoger, o de ver como mis compañeros recibían, nuevos premios.

Son un acicate más, hay que reconocerlo, pero solo complementos. Se añaden a la mejor gratificación profesional que podemos recibir, y me permito hablar aquí en plural, que es ver el fruto de nuestro trabajo. Visitar a un cliente y ver cómo, gracias a la financiación prestada, puede seguir ofreciendo servicios esenciales para personas con discapacidad, protegiendo la naturaleza mientras cultiva saludable alimentos ecológicos… o difundiendo conocimientos y sensibilidad a través de una actividad cultural.

¿Cuál es el mejor premio para mí? Ver que has conseguido aportar algo positivo a la reacción en cadena de pequeñas y grandes acciones humanas que es la vida.