Por muchas ganas que tengamos de llamarles “incapaces”, y otras palabras mucho menos educadas que esta, algunos de los “líderes” que contribuyeron a alimentar la crisis social actual no han tenido nunca ese problema. Han estado entre las personas más preparadas y me atrevería a decir que muchas de ellas, seguramente, eran las que sacaban mejores notas en matemáticas, en ciencias o tenían un mayor control de la gramática… además de la retórica.

Pienso que para progresar de verdad, y no solo trampear los males de los últimos años, tenemos que cambiar la falsa concepción del conocimiento no como instrumento valioso, que lo es, sino como rey de todas las cosas.

Hace unos días comenté una idea en el encuentro anual de empleados de Triodos Bank. Ya sé que los think tanks, esos laboratorios de pensamiento o de ideas, son de lo más seductores y están absolutamente de moda pero, ¿por qué no hablamos de feel tanks? Y si, al final, estamos dejando el corazón y las emociones fuera de la construcción del futuro de los seres humanos. ¿Tiene eso sentido?

Para que una persona o una organización pueda realizarse y expresarse en su máxima potencia tiene que partir de su esencia. Hay que quitar la vista de la pantalla un instante, parar un momento cada día para intentar entender qué nos mueve como personas y cómo nos relacionamos con los demás. Deberíamos concentrarnos de forma consciente en las emociones, darnos cuenta de que no es contradecirse intentar pensar con el corazón.

No es solo una cuestión de valores, sino incluso de evolución profesional: “La innovación y las emociones, que nos permiten apoyar a los demás, serán lo que nos proteja de la competencia de los robots”, piensa Pedro Nueno, catedrático de emprendeduría del IESE. Pues claro que tener conocimientos en campos como el de la tecnología es vital, pero de forma aislada no marca la diferencia.

En esta sociedad en la que, en el momento en que alguien llama “bueno” a otra persona, el aire parece deformar el sonido y los oídos del receptor escuchan “tonto“, hay que replantearse muchas cosas. Dice mi amigo y empresario Idili Lizcano que para actuar con bondad hay que ser más hábil que para no hacerlo, así que pongamos en valor las capacidades emocionales. El mensaje va calando y parece que empieza a haber “un nuevo contrato social entre las empresas y los empleados”, según dice el catedrático de Harvard Carl Kester y recoge el diario Cinco Días en un artículo sobre cómo serán los directivos del futuro. A la gente ya no le da igual el impacto social de lo que hace cada día, sea como directivo, empleado, consumidor o ciudadano.

Un trabajo o una persona nunca podrán ser de diez, excelentes, sin valores humanos. Porque sin corazón, los cosas son incompletas o salen mal. Tenemos que asumirlo para progresar como especie: no es cierto que “ser buenos” o “humanos” nos debilite, nos hace más fuertes.