Ayer por la tarde, mientras aparcaba el coche en una población cercana a Barcelona, se me acercó un hombre negro y me pidió, en un catalán perfecto, un poco de dinero para comprar pan. Le miré a la cara y vi un rostro despierto, una persona presente con una mirada que me llegaba al interior pero que no recriminaba nada ni se quejaba de nada. Y luego añadió: “La vida está muy difícil, amigo”, pero en un tono de aceptación que me conmovió.

Yo no sabía qué decir, y, torpe de mí, no se me ocurrió otra cosa que preguntarle: “¿Cómo sé que es para comprar pan?”, y al acabar la pregunta me sentí fatal por haberla formulado. Él sonrió y me dijo serenamente: “¿Piensas que es para droga o algo así?”. Me sentí fatal e intenté arreglarlo: “No, no, por favor, no he pensado esto en ningún momento”. Y a partir de ahí comencé a mirarle como a un ser humano y no como a alguien que pedía dinero; y me enfadé conmigo mismo por haber caído en la trampa de la desconfianza, y eso que llevo años hablando de estas cosas y advirtiendo de cómo el dinero nos cambia y nos convierte en caricaturas de lo que podríamos ser. Al final pude arreglarlo, y me contó que era de Mali y otras cosas que ahora no vienen al caso…

Cuento esta pequeña anécdota porque pienso que la Navidad es una época especial para pensar en los demás.

La imagen de la Navidad, la imagen de una luz resplandeciente en medio de la noche más fría y oscura del año, puede servirnos de inspiración y darnos coraje para convertirnos nosotros mismos en una luz para aquellas personas que se sienten solas o lo están pasando mal. Y no me refiero únicamente a la gente sin recursos económicos, hoy hay mucho frío y mucha oscuridad en todos nosotros, y todos necesitamos la luz de los demás. Una luz que nos ilumine cuando estemos perdidos, y que nos dé calidez cuando sintamos frío en nuestro interior.

Como cada año, nos van a bombardear en televisión con anuncios de perfumes y de miles de cosas que no necesitamos. La prensa ya anuncia con satisfacción que estos días aumenta el consumo gracias a que en los días festivos abren todos los comercios. Comeremos y beberemos abundantemente, y haremos regalos a la gente que queremos, y supongo que eso está bien. Pero también estaría bien que aprovecháramos la oportunidad de la Navidad y de todos los símbolos y tradiciones profundas que contiene para reflexionar un poco en el mundo que hemos creado y en el que podríamos tener.

Nos hemos vuelto tan materialistas y superficiales que hemos perdido el contenido espiritual profundo de las fiestas del año, y hemos olvidado que se celebraban para revivir en el alma la vinculación del hombre con la Tierra y con el Cosmos, y de esa forma sentirse en unidad con ellos y dar un sentido a la existencia. Hoy en día, o las celebramos rutinariamente sin prestar atención a los misterios que contienen, o simplemente se consideran rituales desfasados propios de la ignorancia del pasado. Y no es cierto, hoy tenemos muchísima más información, pero sensibilidad y sabiduría, aunque fuera más intutiva que racional, quizás había más en el pasado. El siglo XX ha sido el de los grandes descubrimientos científicos y técnicos, pero también ha sido el de máxima destrucción humana y medioambiental. La sabiduría es conocimiento impregnado de bondad; conocimientos ya tenemos muchísimos, ahora lo que toca es impregnarnos de bondad.

La Navidad es bondad, la bondad encarnada en el mundo. Mi deseo para todos vosotros para estas navidades es que podáis impregnaros de bondad, y que esa bondad irradie al mundo a través de vuestras acciones. Y que a través de la bondad también podáis encontrar vuestra luz interior, vuestro verdadero ser, vuestro espíritu; que podáis intuir, aunque sea levemente, su grandeza y su conexión con el espíritu universal, y que, sobre todo, seáis capaces de irradiar vuestra luz a todas aquellas personas a vuestro alrededor que lo necesiten.

¡Feliz Navidad!