Quiero sumarme al Día internacional contra el cambio climático que tuvo lugar el 21 de septiembre, con manifestaciones en más de 2.800 ciudades de todo el mundo, en especial Nueva York, e intentar a través de este blog crear una “epidemia” de conciencia medioambiental. Considero que en general no se está concienciado de la gravedad de la situación y que por eso no hay presión suficiente sobre los gobiernos para conseguir que se implanten medidas eficientes que provoquen un cambio radical.

Quizás una de las causas de esa poca conciencia es la propia denominación “cambio climático”, que a muchos les induce a pensar que ahora simplemente hace un poco más de calor que antes, que llueve de forma más irregular, o que ha cambiado algo el ciclo de las estaciones del año. Parece como si el clima estuviera “un poco desordenado”, cuando lo que sucede en realidad es que estamos destruyendo la Tierra de una forma absurda e incomprensible.

Los científicos asocian desde hace años la mayor incidencia de desastres naturales, con dramáticas consecuencias humanas, al cambio climático pero ni siquiera así el mundo en su conjunto se ha puesto en marcha.

Otro grave problema medioambiental da muestra de esta sorprendente capacidad humana para ignorar la evidencia es lo que algunos ya llaman “octavo continente”. Me refiero a esa inmensa isla de plástico que flota a la deriva en el Océano Pacífico entre Estados Unidos y las islas Hawaii, y que puede llegar a alcanzar 3,5 millones de kilómetros cuadrados y 50 metros de profundidad. Es decir, un continente de plástico de una extensión estimada de hasta 7 veces el tamaño de España, todo un gigantesco monumento a la estupidez humana.

Se calcula que cada año llegan, arrastradas por las corrientes oceánicas, más de 10 millones de toneladas de nuevos residuos plásticos procedentes de las diversas costas y playas de todo el mundo. Cientos de miles de aves, mamíferos y tortugas mueren cada año al engullir trozos de plástico que confunden con su comida habitual. Y eso no es todo, ese plástico se va descomponiendo en partículas y micropartículas que ingieren los peces y las aves, y que de esa forma se incorporan en la cadena alimenticia, provocando serios problemas en la salud de todos los seres vivos, porque todos estamos conectados.

Creo que casi todo el mundo asume que ya no se pueden entender como catastrofismo las llamadas a la acción en positivo. Hay que reciclar, pero deberíamos ir mucho más allá, con la supresión progresiva de bolsas y de recipientes plásticos innecesarios. Debemos sumarnos activamente a las diversas campañas en marcha en ese sentido, y rechazar en lo posible ser usuarios de esos productos, porque las opciones a nuestro alcance crecen. Por ejemplo, muchas tiendas de alimentación ecológica están fomentando la venta de productos a granel y de envases de cristal, y entre todos deberíamos apoyar y difundir esa opción.

Hemos pasado la línea roja y, algún día, nuestro hijos y nietos nos preguntarán por qué no actuamos antes. Qué bueno sería evitar tener que bajar la mirada sin saber qué contestar y poder decirles que hubo un momento en el que aprendimos la lección: nos dimos cuenta de que nuestros actos tienen consecuencias y nosotros sí hicimos algo. Nos arremangamos para cuidar de nuestro mundo.