La fiebre de nuestros días por tener un código de conducta es tal que dentro de poco no habrá nadie sin uno. Si se me permite la exageración, hasta el fabricante de las armas más inhumanas y con menos justificación defensiva imaginable tendrá el suyo propio enmarcado en sus salas de reuniones. Con tanta demanda, me imagino que los códigos incluso irán baratos en el mercado y serán cada vez más irresistibles para el comprador. No solo baratos; los escritores se irán superando con tanto trabajo de pulido y las obras serán más y más bonitas, casi dignas de un certamen de poesía.

Lo que seguirá siendo dudoso es si, aparte de bonitos y baratos, los códigos de conducta también serán buenos. Por aquello que nos dice el sentido común de que estas tres cosas, normalmente, no van juntas.

Hace algún tiempo, leí un artículo que me hizo reflexionar sobre este tema y que hoy me viene a la mente por una información sobre Triodos Bank que he visto por televisión. Era un texto titulado “Más conductas éticas que códigos utópicos”, en el que el directivo empresarial Javier Cantera defendía que “los códigos éticos son un proceso tranquilizador de las conciencias, muy bonitos y expresivos en su literalidad”. Pero que “las conductas éticas no necesitan de un código deontológico pactado y redactado mirando a la galería (…) Creo más en el directivo que asume la ética de la empresa desde su ética personal”, remataba.

Casi sobra decir lo mucho que coincido con esta visión tan sensata, pero quiero ir más allá. El pasado fin de semana me alegró ver cómo un informativo que siguen muchas personas, como es el del canal La Sexta, dedicaba una noticia al aumento de clientes de banca ética en los últimos años, destacando que Triodos Bank ha conseguido ofrecer todos los servicios de un banco habitual desde una perspectiva más humana. Al final de la pieza informativa, el economista Julio Rodríguez señalaba, sin embargo, la necesidad de “mostrar más controles externos” por parte de las entidades de banca ética.

Al margen del error que supone esta afirmación, ya que Triodos Bank debe atender los mismos controles que el resto de entidades bancarias (más aún, si cabe, dado que la presión regulatoria es la misma, pero el tamaño menor del banco hace que disponga de menos recursos humanos y económicos para cumplirla y, al mismo tiempo, sacar el negocio adelante), quisiera ahondar en la equivocación que supone fiarlo todo ya no a códigos de conducta, sino incluso a la regulación.

Es muy curioso. Los que no han incurrido, al menos por ahora, en errores tan significativos como los que nos han llevado a esta crisis, por ejemplo una especulación financiera sin freno, pero sí han contribuido a aliviar las complicaciones con origen ajeno, a través de las reglamentarias aportaciones de fondos para garantizar los depósitos del conjunto del sistema bancario, son perjudicados por esta situación. No solo toca dedicar más recursos para cumplir las formalidades adicionales de la nueva regulación establecidas a raíz de los malos comportamientos de otros, limitando los recursos propios para dar servicio, sino que se sigue dudando del que sí que ha sido prudente. Como hemos visto, se sigue poniendo en entredicho que se cumpla todo “igual de bien” que la banca convencional.

Códigos, normas y voluntad real

Desde mi experiencia bancaria como exdirectivo y mi situación actual, fuera de la gestión directa y ya solo como colaborador de la banca ética, tengo ganas de decir esto con toda la claridad. Claro que hay que cumplir con la regulación y que esta es importante. Vamos, incluso los códigos de conducta pueden llegar a serlo en algunos ámbitos, aunque haya bromeado con ellos. Pero se puede cumplir las mil y una regulaciones que han surgido y surgirán, entre otras cosas contratando a los mejores abogados, tener un código de conducta digno de un Nobel de Literatura… y no actuar con valores.

Estoy convencido de que la regla número uno para ser ético es algo mucho más simple. Requiere preguntarse a uno mismo: “¿Por qué hago lo que estoy haciendo?”. Una pregunta que, en el caso de una organización, corresponde a sus fundadores, directivos y empleados. Y luego toca responder. Hacerlo con actos, actuando siempre en conciencia respecto a nuestras ideas esenciales como personas que queremos hacer bien y no mal. Somos éticos si estamos haciendo las cosas con un propósito humano, no el de maximizar el beneficio.

Si actuamos así, no solo seremos mejores personas y más felices. Estoy seguro de que, a la larga, también tendremos unos mejores resultados, porque los demás se darán cuenta de que trabajamos por un fin digno, aportando valor real.

Dejo aquí una paradoja final para la reflexión o el debate: ¿Puede ser que si vamos solo a por las cifras puras del beneficio podamos contratar mejores abogados y escritores para salir mucho mejor en la foto de hoy? Yo creo que en la de hoy es posible. En la de mañana, no.