“Hace dos décadas, una acción estaba unos cuatro años en manos de su dueño y hoy la media es de 22 segundos”, explica un exejecutivo de un banco de inversión alemán que protagoniza un documental de actualidad.

Creo que no hace falta saber mucho sobre economía para darse cuenta de que los propietarios de acciones, se calcula que en torno a 300 millones en todo el mundo, no pueden estar detrás de unas transacciones tan fugaces. Ni siquiera podrían llevarlas a cabo ayudándose de otras personas, gestores profesionales.

Es por ello que, aunque varíen las estimaciones sobre esta duración media de la vida de una acción en manos de una sola persona, está claro que esta actividad frenética solo es posible “gracias” al “high frequency trading”. Es decir, la inversión realizada directamente a través de sistemas informáticos, que realizan movimientos financieros de forma continua. Algunas firmas especializadas en estas inversiones han hecho gala de rebajar a 11 segundos la marca, e incluso esperan que todo se acelere más y más a medida que la tecnología continúe avanzando.

Velocidad al margen, ¿se habrán planteado qué efecto tiene sobre las vidas humanas esta economía robot?

La intuición me dice que no demasiado positivo. Se me hace difícil imaginar una manera de reconciliar fórmulas matemáticas pensadas para conseguir resultados a un plazo extremadamente corto con la creación de actividad empresarial durable, empleo estable o servicios sostenibles. ¿Para qué preocuparse del largo plazo cuando se trata de comprar activos y venderlos con beneficios en un minuto?

Si voy más allá de la intuición, esto también hace pensar en lo que apunta el economista francés Thomas Piketty en su libro El capital en el siglo XXI, que tanto está dando que hablar estos días.

Piketty se ha lanzado a la tarea inédita y ambiciosa de intentar comparar la acumulación de capital desde el siglo XIX hasta hoy con la evolución del crecimiento económico. Ha concluido que el capital se concentra a más velocidad de la que se crea la riqueza, lo que demostraría que algo falla en el sistema y que las desigualdades están creciendo.

¿No se estará demostrando, también, que con las inversiones deshumanizadas se apartan los recursos de la mayoría de personas y empresas?

 

El antídoto de la economía robot

El mejor antídoto de la economía robot no puede ser otro que la economía humana, la que está en nuestras manos y que practicamos cuando desactivamos el piloto automático y actuamos como seres responsables en nuestras acciones económicas como ciudadanos. ¿Por qué sigue creciendo el consumo de productos de comercio justo, si tienen en cuenta valores humanos que van más allá del precio o de la “ley” de la oferta y la demanda? Podemos hacerlo.

Cuando intervenimos de forma consciente, rompemos las gráficas de la ortodoxia económica y los algoritmos de cualquier sistema informático. Porque, por suerte, todo ser humano que sea eso -un ser humano y no un autómata- siempre podrá dejar desconcertado a un robot, por muy perfecto que sea este.

Los vientos podrán ser fuertes y las olas altas pero, si cogemos nuestro propio timón y no nos perdemos a nosotros mismos, el futuro no está perdido.